La plaga nos llegó como una nueva forma de colonización, por el contagio.
Reemplazó nuestras plumas por jeringas, y el sol por la gota congelada de la luna en el sidario.
“Y quizás si el Wílly no la hubiera visto, si no hubiera chispeado el taco coliza en esa acera, llamándolo, frenando el auto para echarla arriba. Como quien se rapta un maniquí o una esquina de la ciudad para alargar la farra del “Nunca amanezca”. Y si sólo hubiera sido eso, una canción de Serrat, una metáfora que pasa de largo, un deseo perlado en un rostro que esfuma el tráfico. Si no hubiera estado el semáforo en rojo, más encima en rojo. Tal vez, si la mocosa hubiera sabido quién era el Willy, si hubiera escuchado por casualidad al Quilapayún en el retumbar de su cultura disco. Si por lo menos no hubieran hablado de tarifas enfriando la comedia sentimental. Si no se hubiera atravesado el precio de la carne, musicalizado por “Todos los pobres del mundo”. Esa tensión del tanto por cuánto, el forcejeo, el tira y afloja, el me pagai o me bajo. Porque la pendeja no tenía sueños románticos que alteraran su tranza prostibular. Había una familia que mantener y por eso estaba trabajando. No tenía tiempo para conversar del ayer, y menos para escuchar canciones de protesta. Se lo dijo:
Y él pareció no escucharla,
Y ella amurrada, tragó saliva,
Y él miraba afuera como si lloviera,
Y ella insistió con lo de la plata,
Y él se rió, pensando que no era por eso,
Y ella quiso bajarse del auto,
Y él la sujetó del hombro,
Y ella apretó algo en su cartera,
Y él sólo quería abrazarla,
Y ella no entendió el gesto,
Y él estiró el brazo,
Y ella hundió el puñal en la axila del Willy.”
(Loco afán, crónicas de sidario, 1996)
Lemebel, de quien sólo he leído algunas pocas cosas en la red, me parece un autor fundamental de nuestro tiempo, aunque sea desigual literariamente. Por su fiebre, por lo descarnado, por su experiencia radical del ser, del no ser, de ser otro, por sus exilios y sus combates, por llevarnos allá, ese allá fascinante y repulsivo y escandaloso y escanalosamente humano, esos márgenes donde preferimos no mirar y que tan fácilmente condenamos, como si así nos desinfectáramos. Fundamental, no me cabe duda.
Un saludo y gracias por permitirme seguir leyendo fragmentos suyos.