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“Hay que mentir siempre.  Acerca de lo que sea.  No hay pregunta que no merezca una mentira.  Todas las preguntas son peligrosas.  La mentira es la verdad individual en contra de la verdad colectiva.  La mentira es la voluntad y también la falta de responsabilidad sobre esa voluntad.  Se puede enterrar una mentira con otra mentira y a ésa con otra más.  Sólo la muerte puede acabar con todas las mentiras.

Los niños son los que mejor mienten, están tan lejos de la muerte que ni la ven venir.  Los suicidas van dejando de mentir hasta que se pegan un tiro en la cabeza.  Curt Kobain dejó de mentir, perdió toda su habilidad para la mentira y después de eso no tuvo más remedio que volarse los sesos.

La mentira es el respeto por uno mismo por encima del respeto por los demás.  La mentira es mía, la verdad, no.”

 

(Este mundo, diez relatos y un poema – 1995)

Farewell

Suspendido entre sol

y planicie

rinde al viento su plumaje

de viejo rapaz.

Cabeza de linaje peregrino

que nunca dejó la cornisa,

hoy recorre libre

los dulces farellones del tiempo.

(…)

El candidato de la Coalición por el Cambio dejó un flanco abierto al responder a una pregunta sobre si eliminaría el impuesto (IVA) al libro. En vez de ello, propuso crear un fondo para “promocionar los libros que valen la pena leer”.

Sebastián Piñera en debate televisivo de C13, recogido por diario El Mercurio

 

Piñera lector

Guy Petermann

 

“…Il y à des coins de terre qui vous remplissent de rêves, des coins de terre ou vous savez, sans jamais y éter aller, que vous y serez chez vous.”

“…Existen rincones de la tierra que nos llenan de sueños, rincones de la tierra en los cuales sabemos, sin nunca haber ido, que nos sentiremos en casa.”

 

(Sueños de Patagonia, 2009)

Muchachito

Cuando oyó su nombre, el muchachito se secó las manos en la ropa y caminó hacia el podio.  Sus ojos brillaban cuando recibió el premio, aunque no más que aquellos -parecidos a los suyos- que lo miraban desde la cuarta fila.

Cielo abierto

A tu ronco graznido

me aferro,

tus ojos

de cielo abierto

se derraman en los míos.

 Nadadora, Concepción Balmes

Líquida

Tan pronto como el sol se hundió en la costa, emergió de su sueño de corales y abrió grandes los ojos verdes.  Se acomodó en la cama, tensó el cuerpo y se retorció en gráciles ondas sucesivas, suficiente para sacudirse apenas la pereza.  Se deslizó entre las sábanas como en el fondo fangoso de un río y se dirigió a la ducha.  Entre la cama y el baño brilló un reguero de lluvia que al secarse dejó minúsculas perlas salobres.  Su canto viajó por el agua aún antes de que se rindiera nuevamente al sueño y desapareciera por el drenaje.

Rodando a goterones solos,
a gotas como dientes,
a espesos goterones de mermelada y sangre,
rodando a goterones
cae el agua,
como una espada en gotas,
como un desgarrador río de vidrio,
cae mordiendo,
golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma,
rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
un movimiento agudo,
haciéndose, espesándose,
cae el agua,
a goterones lentos,
hacia su mar, hacia su seco océano,
hacia su ola sin agua.

Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
bodegas, cigarras,
poblaciones, estímulos,
habitaciones, niñas
durmiendo con las manos en el corazón,
soñando con bandidos, con incendios,
veo barcos,
veo árboles de médula
erizados como gatos rabiosos,
veo sangre, puñales y medias de mujer,
y pelos de hombre,
veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
veo frazadas y órganos y hoteles.

Veo los sueños sigilosos,
admito los postreros días,
y también los orígenes, y también los recuerdos,
como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
estoy mirando.

Y entonces hay este sonido:
un ruido rojo de huesos,
un pegarse de carne,
y piernas amarillas como espigas juntándose.
Yo escucho entre el disparo de los besos,
escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

Estoy mirando, oyendo,
con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra,
y con las dos mitades del alma miro el mundo.

Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
veo caer agua sorda,
a goterones sordos.
Es como un huracán de gelatina,
como una catarata de espermas y medusas.
Veo correr un arco iris turbio.
Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

 

(Residencia en la tierra, 1935)

 El paraíso, Claudia Wagemann

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